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¿Algo nuevo está naciendo?

La Iglesia de Santa María, en Transpontina, en la vía de la Conciliación que une el Castillo Santo Ángel y la plaza de San Pedro, fue testiga de una conmemoración profundamente simbólica este 12 de octubre del 2019.

En un momento de la celebración invitaron al silencio, se hizo un silencio profundo, un silencio lleno de vida y de fuerza, un silencio en que el Espíritu se expresa con fuerza. Un silencio que permitió escuchar toda la historia silenciada de los pueblos aborígenes de la Amazonía y en ellos a todos los pueblos del mundo. Un silencio que obligó a escuchar el latidos del corazón de las y los asistentes, el latido del corazón de los pueblos, el latido del corazón de Dios que habló con fuerza y con contundencia, una vez más, por medio de los marginalizados por los poderes de ayer y de hoy.

En medio del silencio resonó fuerte la Palabra de Dios: «Oí el clamor de mi pueblo, vi como lo esclavizaban y por eso bajé» (Éxodo 3,7). «La Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros» (Juan 1,1). Dios se sigue revelando en la historia, le importa lo que pase con su pueblo, se sigue revelando cada día. Y siguió el silencio.

El silencio fue interrumpido por tres golpes de tambor que llegaron desde la selva hasta el centro y hasta lo profundo del alma, golpes que trajeron todos los gritos de dolor de los pueblos silenciados, golpes que fueron invitando a pedir perdón. Unas y unos asistentes fueron pidiendo perdón arrodillándose al ritmo de los golpes de tambor, las y los presentes les acompañaron con el mismo gesto respetuoso. Pidieron perdón por haber matado a mujeres y hombres, culturas, lenguas, selvas, ríos, historia, fe…

El profundo silencio fue interrumpido por la música solemne de los pueblos amazónicos y poco a poco fueron levantando a las personas que estaban de rodillas y sin palabras les dijeron que, además de arrodillarse a pedir perdón, debían levantarse y actuar, para impedir que se sigan destruyendo las selvas, los ríos, el agua, los pueblos aborígenes y con ellos la especie humana. Hay que ponerse de pié para construir otra historia.

Todos los asistentes recibieron semillas y con una sentida, profunda y profética bendición de las semillas realizada por Ernestina, mujer indígena brasilera y sabia, los asistentes fueron enviados a sembrar y a cultivar las semillas de una nueva iglesia, de una nueva sociedad y para alumbrar el camino, todas y todos recibieron una luz.

Las y los “indígenas” encabezan una procesión con las luces hacia la plaza de San Pedro, pocas y pequeñas para la majestuosidad de la basílica principal para el mundo cristiano católico, pero suficientes para recordarle a la Iglesia que solo iluminará, si acepta la luz que viene de la periferia, de los márgenes de la historia. En definitiva, le recuerdan que de la periferia vino Jesús de Nazaret.

Desde Roma, Pe. Alberto Franco. CSsR, J&P Colombia, Red Iglesias y Minería

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