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El católico en política debe discernir los “signos de los tiempos”, no moralizar la sociedad en la historia de los pueblos...
 
Por NELSON VILLARREAL DURÁN·, 5 de octubre de 2019· Tiempo de lectura:12 min
 
 
El momento particular de cambio civilizatorio, de crisis política generalizada en la región, de injusticias estructurales permanentes, que pone bajo sospecha las conquistas democráticas, sociales y económicas logradas en las últimas décadas, reclama de interpelaciones profundas a toda la sociedad. Nos cuestiona particularmente, a quienes somos personas católicas que debemos afrontar los problemas, sin situarnos en roles de pretensión moralizadora, buscando promover el cambio personal y de estructuras que se requiere en el momento actual, inspirados en el Evangelio y la tradición viva de la Iglesia.
 
Leo al Papa Francisco, desde un país laico y secular, que más allá de dificultades y desafíos a cambiar, tiene una de las “democracias plenas” del mundo y la sociedad más igualitaria de la región, donde ser persona católica no da ningún privilegio y sí una autonomía que valoramos mucho. 
No pretendemos que la práctica política implique directa o indirectamente ningún beneficio a la institución iglesia católica, sino que manifieste un compromiso eclesial y laical, que tiene un diferencial en la fe cristiana a favor de los procesos de emancipación humana. Esos procesos no pueden encerrarse en las situaciones dadas sino que las deben interpelar o secundar a favor de la justicia, tanto en las estructuras socio-económicas, las estructuras culturales de desigualdad, fragmentación y discriminación, como en la coherencia de la vida personal.
Las personas católicas, como cristianas, somos seguidores de una persona que es Jesús de Nazaret y no de una doctrina o idea. Ese Seguimiento se da en el camino de la vida y en la historia de la humanidad, no fuera de ella. Es en este sentido que somos parte de la humanidad tanto en la perspectiva más universal, como del continente latinoamericano, de la polis y comunidad local en la que nos desarrollamos en la acción política
Francisco nos sitúa primero en tres aspectos a tener en cuenta para reflexionar, accionar y meditar en política, estos son: la amistad, el nosotros o comunidad y el bien común, tema que hoy se amplifica en la Enseñanza Social de la Iglesia, como en lo secular, con las referencias a la “Dignidad integral de la persona humana en la diversidad de la Aldea Global”, “las necesarias estructuras justas de una sociedad para la inclusión”, la “Casa Común” y los “Derechos a la sustentabilidad e integración diversa en la ciudad”
La amistad de la que nos habla Jesús se orienta al sentido de la fraternidad y sororidad, que anima el mensaje del Evangelio y, a la vez, provoca una de las dimensiones fundamentales en las que debería impactar el ser de la política, como lo es la capacidad para convivir en la diferencia y en lo diverso que forma parte de las sociedades y del continente para superar violencias e inequidades. Fraternidad y sororidad, que es solidaridad y que no puede ser pensada fuera de la igualdad sustantiva y fundamental que debería reflejar la alteridad de ser parte de la comunidad humana, radicalmente opuesta a la verticalidad de la dominación y explotación que prevalece en muchas de las realidades de nuestro continente como pecado estructural. Sororidad y fraternidad que no anula la singularidad del ejercicio de la libertad como personas, que siendo parte del nosotros, debemos vivirla como una posibilidad con la otredad diversa y no contra ella. No hay posibilidad de libertad completa con la sumisión de grandes mayorías en lo material o subjetivo, en lo corporal o espiritual.
Amistad, en el sentido filosófico-político, es base de la igualdad social para poder desarrollar las capacidades de todas las personas en la comunidad, no en forma aislada. Es ahí entonces donde emerge el sentido de “bien común”, no como una visión estática y estratificada, sino como una realidad dinámica que se orienta a la emancipación humana que encuentra su sentido último en la Redención que trae el mensaje evangélico.
Para ello quiero recordar a San Tomás Moro - patrono de los políticos - que en su “Utopía” nos sitúa en tres planos a tomar en cuenta: 1. la urbe y la civita son una construcción humana que encuentra en la posibilidad de un futuro mejor su superación constante dentro del hábitat del que somos parte; 2. la polis (ciudad o Estado) debe ser gobernada y gestionada por la política y el derecho y no por la religión (por lo que hoy hablamos de la laicidad del Estado) y 3. el reconocimiento de la igualdad y los bienes compartidos en lo fundamental con la sencillez que nos humaniza.
Entonces promover el bien común no será sostener un mundo que pudo haber funcionado en otro momento histórico, no visibilizándose dimensiones que hoy reconocemos como parte de la dignidad de las personas, colectivos y pueblos, una jerarquía de valores culturales u organizaciones que no permiten ver los “signos de los tiempos” que anuncian el Reino de Justicia y Amor en el presente hacia el futuro. La política debiera ayudar a hacer emerger lo mejor de las personas y colectivos que constituyen la alteridad y diversidad social, sin perder la unidad de la comunidad humana concreta. Implica posibilitar las condiciones que den dinamismo a procesos igualitarios que no anulen la singularidad de las personas y colectivos, afirmando un sentido de la libertad como liberación para conquistar niveles de fraternidad y solidaridad humana en el hábitat común, que superen las situaciones de explotación, dominación y sumisión de las grandes mayorías latinoamericanas. Esto en lo político solo es posible como ampliación democrática y legitimación republicana.
Ahí cobra fuerte peso lo que para Francisco implica ser persona católica en política: un proceso de discernimiento, acción y reflexión, que debe llevar a no confundirse en organizaciones, partidos o proyectos políticos. Este proceso debe estar centrado y orientado en la radicalidad del sentido del discipulado de Jesús de Nazaret y en el marco de criterios que nos aporta la Enseñanza Social de la Iglesia, de modo que permita visualizar las contradicciones de la política en su complejidad y posibilidades para humanizarnos y no degradarnos en conjunto con las demás personas.
Reitera que “entrar en política significa apostar por la amistad social”, lo que interpreto como crear fraternidad-sororidad en la construcción de igualdad, para potenciar la libertad real de las personas y las comunidades del continente latinoamericano. Significa entonces vernos como una Patria Grande y no como la sumatoria conflictiva de países, apoyando el empoderamiento de los sectores postergados y en situación de vulnerabilidad.
Es muy pertinente citar al mártir y santo, el Obispo Arnulfo Romero, que tanto marcó a mi generación bajo el tiempo de las dictaduras de los 80, que aún no logran cerrar sus consecuencias de impunidad y que reclaman verdad y justicia para el “Nunca Más” ante un momento de cuestionamientos a las democracias del continente.
El testimonio de vida y compromiso de San Romero de América, muestra que el dilema de ser coherente con el mensaje evangélico en las contradicciones de la realidad actual no debería hacer identificaciones que no tomen en cuenta las mediaciones que implica no hacer univocas la iglesia y la comunidad social. No reducir el compromiso político a lo partidario, porque efectivamente la justicia se construye desde varios lugares. La política trasciende lo partidario y no agota la integralidad humana aunque sea central en la construcción de la convivencia social.
La lealtad a la fe para lograr la justicia no es por cierto una identificación con la institucionalidad iglesia, sino con la justicia del Reino de Dios, dice San Romero, que encuentra sentido en los más pequeños, excluidos y marginados de la tierra como criterio evangélico.
En tal sentido el Evangelio es la centralidad de la práctica política de las personas católicas y las ideologías una mediación que debe interpelarse siempre a la luz de la fe. Porque no hay sociedad sin política, no hay filosofía sin poesía, no hay fe si razón, ni razón sin pasión. No hay comprensión sin decisión, no hay humanidad sin subjetividad dialógica. No hay existencia con sentido sin práctica y compromiso del Amor.
La multiplicidad de dimensiones que implica la política, tanto en lo social como individual, no puede perder la estructura profunda que es la expresión de la práctica popular y social, más que lo individual y del colectivo al que se pertenezca. Es muy claro Francisco al decir: “El político está en medio de su pueblo y colabora con este medio u otros a que el pueblo que es soberano, sea el protagonista de su historia”
De aquí se deduce la perspectiva teológico central del cristianismo: la Encarnación. Dejarse guiar por este sentido existencial es quizás la revolución más profunda que debería trastocar tanto las estructuras sociales, económicas y políticas de nuestros pueblos, como la actitud de vida cotidiana y de proyectos de las personas católicas en política. No se trata, por tanto, de retoques, intimismos o cuestiones que no toman en cuenta la integralidad de nuestros pueblos, que tienen grandes sectores sin ser reconocidos en su dignidad.
Hoy las personas católicas en política debemos asumir la centralidad del proyecto de futuro, como nos dice Francisco[1]en las mujeres, en las y los jóvenes y en las y los más pobres, que son “signo de los tiempos” de la interpelación que nos hace Dios en la historia actual de América Latina, para que los procesos de emancipación encuentren en el compromiso y testimonio cristiano, la empatía con sus luchas, para lograr una humanización basada en la igualdad social y en la libertad real para sociedades más fraternas y justas. Desde ahí la visión integral de los Derechos Humanos parece ser el paradigma de encuentro común en lo ecuménico con creyentes y no creyentes, en el que se busca desarrollar el ejercicio de la política como un proceso de cambios profundos para ampliar democracia social, política económica y ambiental. En este sentido el rol del Estado, las políticas públicas y la autonomía activa de la comunidad social y las organizaciones intermedias son sustantivas para dar pasos a una América Latina más justa y fraterna con el aporte de las y los católicos.
La comunidad cristiana, en su compromiso laical y en las instituciones eclesiales, debe guiar su sensibilidad a la reivindicación por la equidad de género, al reconocimiento a las mujeres en su condición de igualdad, así como al compromiso con la erradicación de las múltiples violencias que sufre y denuncian, al espacio para la diversidad de juventudes que quieren ser artífices de la historia y a la centralidad de los pobres y marginados, de los que están en mayor vulnerabilidad, desde quienes debe partir el reconocimiento de la dignidad humana de todas las personas. Dice Francisco: “La interpelación de sus miradas nos ayudará a corregir la intención y a redescubrir el método para actuar “inculturadamente” en nuestros distintos contextos. Asumir, y asumir en concreto, toda esta problemática significa ser concreto y, en política, cuando uno se desvía del ser concreto se desvía también de la conducción política”.
Siendo mujeres, jóvenes y pobres sujetos y sujetas de cambio, deberíamos marchar a su lado con sus demandas y prácticas sociales. Dentro de esos procesos es que hay que discernir qué nos dice Jesús, y no hacerlo en forma abstracta, desde fuera o en instituciones protegidas que solo muestran contradicción con el mensaje evangélico y tienden a fortalecer dogmatismos, moralismos y distancias de donde nos habla Dios hoy en la historia.
Como dice Francisco una nueva presencia de católicos en política para América Latina, implica “Hacer política inspirada en el Evangelio desde el pueblo en movimiento se convierte en una manera potente de sanear nuestras frágiles democracias y de abrir el espacio para reinventar nuevas instancias representativas de origen popular”.
Es bueno reiterar no solo que no es pertinente un partido católico sino que, apelar al mensaje cristiano, no puede buscar imponer una moral o visiones perimidas en las “lógicas de cristiandad”, que quizás están siendo retomadas por corrientes fundamentalistas de diversas iglesias. Que reclaman su lugar en el debate político e interpelan la autonomía secular que se requiere en sociedades democráticas y en la no sacralización del poder y las instituciones públicas. El Concilio Vaticano II y el Magisterio de los Papas y de la Iglesia Latinoamericana nos dan suficientes criterios.
La comunión con los pastores no pasa por compartir proyectos políticos sino el discernimiento en eclesialidad, para poder encontrar en la comunidad el espacio que permita celebrar y meditar los compromisos en la autonomía plural como laicos.
Compartiendo la apelación del Papa Francisco a la “Patria Grande”, se debe encontrar una reflexión profunda en relación a que la identidad mestiza y creyente debe asumir las desigualdades, inequidades y discriminaciones étnico-raciales, de género, de orientación sexual y condición territorial, en las que se ha encubierto una identidad hegemónica y restrictiva, que no reconoce las demandas por igualdad, diversidad y convivencia tolerante que impacta el ser social del futuro de América Latina, como de las formas de ser iglesia en las décadas próximas.
Finalmente creo que la política para católicas ycatólicos debe ser siempre discernir los signos de los tiempos y no moralizar la sociedad y el Estado. Implica estar abierto al kairós de cada momento histórico. Hoy más que nunca ser parte de los procesos sociales de emancipación de las mujeres, de las y los jóvenes, como del empoderamiento de las personas pobres y excluidas en su diversidad es reconocer la encarnación de Dios en la historia, que, por lo que dimensiona, no podrá identificarse con un único paradigma, modelo o ideología como nos enseñan los hechos.
Nelson Villarreal Durán[1]
[1]Filósofo, diplomado en Ciencia Política y Efectividad para el Desarrollo. Tiene formación teológica e integra Parroquia Universitaria en Uruguay. Docente universitario en la Universidad de la República y la Universidad Católica.
[1] Francisco retoma el planteo de mi compatriota, el estimado Guzman Carriquiry, lo que me lleva a recordar también a Patricio Rodé o hoy a Josefina Plá con sus testimonios de vida y reflexión.

 

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